Este día teníamos desayuno incluido en el albergue de
Greymouth, era algo escaso pero tenía leche de vaca de la de verdad, esa del pueblo de la que suele hablar tu abuela. Está muy fuerte, pero tiene mucho sabor. Una vez
llenamos el gaznate, pusimos rumbo a las Pancake Rocks, donde vimos estas
piedras tan características (parecen gofres amontonados) y sus famosos
blowholes, que se producen cuando el agua choca con los agujeros y el agua sale
disparada. La fuerza del agua era tal que la boca te sabía a sal por
todas las gotas del mar que nos salpicaban.
La nota curiosa de este sitio llegó
guardando las cosas en el maletero para irnos, cuando el Arbi divisa pegado a
sus tobillos una especie de kiwi raro con patas y pico rojo, que estaba
hambriento pues le tiramos un poco de pan y se lo llevó corriendo. Aquí las
fotos del momento:
Y después de esta sorpresa inesperada tiramos hacia los
glaciares, que quedaban bastante lejos, a más de tres horas pasando por unas
vistas impresionantes ya que la carretera está pegada a la costa, y el
contraste mar-montaña es brutal en algunos puntos. No obstante, el clima no
acompañaba, lluvia constante durante todo el viaje y una niebla espesa que nos
hacía temer lo peor.
Con este panorama llegamos a Franz Josef Glacier, sin
saber muy bien como gestionar el día, finalmente reservamos albergue en Haast
para empezar el día siguiente más cerca de Queenstown. Esta decisión dejaba una cosa clara: teníamos solamente
una tarde para ver los glaciares. No había tiempo que perder, comenzamos la
caminata hacia el glaciar, y como somos tan machotes nos metimos en la más
larga, una hora ida y otra hora vuelta. A cambio de esa caminata, llegabas lo
más cerca que está permitido para contemplar el glaciar y todo el valle que lo
contuvo en su día pero que se fue derritiendo con el cambio climático y el
agujero de la capa de ozono (que está justo encima de Nueva Zelanda).
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| Valle con el glaciar escondido en la niebla |
Como os dije anteriormente, hacía un día de perros, así que
en la mitad de la caminata ya estábamos completamente empapados. Para colmo, la
niebla hacía imposible observar todo el glaciar. Allí estábamos los tres
gañanes, calados hasta lo más profundo de nuestro ser puesto que ninguno tenemos la ropa adecuada,
con un frío terrible y con una hora de vuelta en esas condiciones. Echamos la
foto de rigor al glaciar como buenamente pudimos con el paraguas roto de Guada,
y a la vuelta ya ni saltábamos los riachuelos, los atravesábamos sin que la
situación de nuestros pies empeorase, empezábamos a sentir ese calor
desagradable que tu cuerpo produce cuando pasas mucho frío, y así llegamos al
coche, donde evaluamos los daños: carteras, móviles, pasaportes, cascos, la
cámara…todo calado, y por supuesto nosotros.
Así que arrancamos el coche con la calefacción a tope, nos
secamos como buenamente pudimos y nos pusimos los pijamas y las chanclas para
estar calentitos en nuestro camino a Haast. Y de esta guisa nos presentamos en
el albergue, pijama y chanclas con un frío de narices. El dueño del albergue,
al vernos en estas pésimas condiciones, nos dijo que nos calentáramos y
pusiéramos cómodos antes de hacer el check-in. ¿La ropa mojada?
Hicimos un depósito en la parte izquierda del maletero con todo lo mojado, y
después se lo dimos al dueño del albergue para que lo metiese en la secadora.
El señor, al ver tal cantidad de ropa empapada, exclamó un ¡Jesuschrist! que no se nos olvidará en la vida. Y menos mal que había secadora, que habría
sido de nosotros con toda la ropa de abrigo mojada al día siguiente… y hasta
aquí puedo leer, Guada os contará ese día con todo lujo de detalles. Solamente
me queda recalcar que aquel depósito húmedo de ropa dejó en el coche un olor a
humanidad que no se iba ni con colonia, no sabemos si en
la Jucy conseguirán quitarlo o si llevarán el coche al desguace directamente.









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