Madrugamos un día más. Nos levantamos muy pronto, ya que nuestro objetivo inmediato es llegar a un pueblo pesquero a una hora de Haast para ver si tenemos la suerte de avistar focas y pingüinos (dada la racha que llevábamos, nos sentíamos capaces). Así que nos metemos al coche con nuestra ropa bien sequita y vamos a la aventura. Una vez en Jackson Bay, nos dedicamos a localizar la parte donde encontrar a estos animales, así que tras unas duras indagaciones preguntando a los paisanos (imaginaos un inglés de pueblo cerrado, pues Jackson Bay cuenta con apenas 4 casas edificadas) llegamos a un camino que en 20 minutos nos dejaría en la playa de las focas. O, al menos, así la llamaríamos si realmente hubiera focas. Una hora de retroceder en nuestra ruta para ver una bonita playa de piedras enormes, bajo un cielo amenazante de lluvias.
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| Esta foto fue porque nos dieron envidia unos japos que estaban haciéndosela. |
Viajar entre esas montañas tan salvajes, esos ríos tan anchos, esos picos nevados y esos arcoíris que se nos iban formando (la lluvia no sólo trae calados monumentales, también recompensa con unos bonitos arcoíris) hizo que tuviéramos un viaje mágico hasta llegar a Wanaka. Y así, la expedición fallida de las focas pasó a convertirse en una anécdota más.
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| Esto sí que es un lago en condiciones, y no el de Taupo... |
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| Perro volador. Sin comentarios. |
Y hacia la hora de comer, alcanzamos Wanaka. No es un pueblo muy grande, pero sus montañas nevadas reflejándose en el lago son completamente de película. Hacemos lo que se ha convertido en nuestro ritual viajero: visitamos el i-site, preguntamos por trackings para alcanzar la cima de algún monte que nos de buenas vistas y reservamos un Backpackers donde pasar la noche. Así, un par de horas más tarde nos encontramos en la cima del monte Iron, tomando fotos como descosidos y disfrutando de la paz y de la tranquilidad de aquella zona.
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| Wanaka desde la falda del Mt. Iron. |
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| Coronando la cima. |
Como se nos acercaba la noche y estas carreteras conviene conducirlas con luz, nos ponemos rumbo a Queenstown. He de confesar que en ese trayecto caí dormido y, cuando desperté, estábamos atravesando una nube. Muy curiosa la sensación.
Llegamos por fin a Queenstown, nuestro lugar de destino aunque en ese momento fuera de paso, y menuda impresión nos llevamos de la ciudad. Miles de casas sobre la ladera de varias montañas que bordean un lago inmenso. Además, llegamos de noche y se apreciaban todas las lucecitas encendidas, creando un ambiente de cuento. No sé que tiene esta ciudad pero me encanta, aunque esa noche lo único que pudimos hacer fue ir a cenar (sí, a estas alturas sabréis donde) y tomar posesión de nuestras respectivas camas para reponer fuerzas antes de proseguir nuestra aventura.
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