lunes, 12 de noviembre de 2012

Milford Sound

Espero estar lo bastante inspirado para hacer una entrada a la altura del día vivimos, el último antes de empezar el carrusel de aviones. Nos levantamos en el albergue de Te Anau bastante descansados, habíamos dormido un montón de horas y los cuerpos lo notaban. El plan del día como ya sabéis era ir al archiconocido Milford Sound, el primer destino turístico del país, y como queríamos acudir en coche propio teníamos que salir pronto por si la carretera estaba nevada, por eso alquilamos las cadenas días atrás.
Nos despedimos del keniata futbolero y repostamos gasolina antes de empezar el camino. Como íbamos un poco pillados de tiempo en el caso de que la carretera estuviese en malas condiciones, no pudimos investigar donde estaba el Super para comprar unos batidos para desayunar, a pesar de lo que le gustan a Guada. Tan mal nos vimos de tiempo que fuimos desayunando en el coche mientras nos dirigíamos hacia el destino.
 

Hago un punto y aparte para hablar de la carretera a Milford Sound. Empieza como una carretera cualquiera de Nueva Zelanda, pero poco a poco te vas adentrando en unos bosques superpoblados, rodeados por montañas nevadas enormes con cataratas debido a las lluvias y el deshielo, dejando unos paisajes impresionantes.

De película, ¿verdad?

Nos paramos en un área de descanso para inmortalizar las vistas, cuando de repente un loro enorme se posa en nuestro retrovisor con cara de pocos amigos, y no se nos metió dentro del coche de milagro! En la guía de Izaskun ponía que no se debe darles nuestra comida porque les sienta fatal, pero se le veía tan hambriento que le dimos un trozo de pan, y en cuanto se lo acabó vino a por más como si llevase meses sin probar bocado.

Nuestro amiguete  


Dejando al loro con algo más de comida, seguimos nuestro camino y llegamos al puerto, zona crítica con el coche por las intensas nevadas que se producen, pero tuvimos suerte y en el momento que pasamos el túnel no estaba nevando. Eso sí, todas las montañas cubiertas por un manto blanco denso, era uno de los pocos paisajes que nos quedaban por ver en este país, ninguno se lo esperaba y estuvimos un buen rato callados mirando a través de los cristales empañados.


 
Descenso del puerto, totalmente nevado

Como no hubo ningún problema meteorológico, llegamos algo menos de una hora antes al puerto en el que cogeríamos el crucero para ver el fiordo, así que nos tomamos un chocolate riquísimo antes de embarcar.

 
Y qué decir de Milford Sound, todo lo que leí o visualicé meses antes sobre este sitio se quedó escaso comparado con lo que sentimos atravesando las aguas de este lugar, era nuestro último día de viaje y ya era muy difícil sorprendernos con todo lo que habíamos visto antes, pero vaya si lo hizo.

Paisaje digno del Señor de los Anillos
  


Contemplando el paisaje, de repente el capitán del barco nos dice que hay delfines en la proa! Nos asomamos corriendo y pudimos ver esas magníficas criaturas jugando con el surco que el barco iba formando, como en Titanic vaya,  la verdad que encontrártelos en libertad no tiene precio.





Todavía con el subidón de los delfines en el cuerpo, por fin pudimos ver unas focas petrificadas en las rocas de la costa, parecía que estaban posando para las fotos del Arbi. Y  ya como colocón final, el barco nos metió debajo de una catarata enorme, pudimos sentir su fuerza y nos empapamos con el spray de agua que se formaba. Era tal el sonido del agua chocando contra el mar que prácticamente no nos oíamos los unos a los otros.

Tomando la sombra


Catarata de 100 metros

Ya volviendo al embarcadero, una rubia muy maja que servía los cafés en el barco nos dijo que lo que habíamos visto días atrás eran wekas y no kiwi-birds. Procedo a aclarar que las entradas se hicieron en los mismos días que se describen, y por lo tanto la entrada del Arbi de aquel día había que dejarla intacta con el subidón que llevábamos encima por haber podido estar a un metro de un kiwi-bird, esa sensación no nos la puede quitar nadie.



El crucero se acabó y los tres amigos estábamos eufóricos, y más aún sabiendo que nos había salido muy barato para lo que ese lugar realmente valía. Así que deshicimos el camino anterior haciendo algunas paradas para echar fotos, a destacar los Mirror Lakes, que reflejaban una cordillera enorme en sus aguas. Una pena que el día estuviese algo oscuro, pero aún así se apreciaba bastante el efecto espejo.



El Hobbit anda suelto

Y como teníamos tiempo, hicimos todo el camino hasta Queenstown, casi cinco horas que se hicieron muy agusto pues hacíamos paradas cada poco tiempo. A mitad del camino, el Arbi paró en un chapado para echar gasolina, que la verdad parecía de todo menos una gasolinera, con un dependiente gordísimo. Con este sitio tan peculiar  nos echamos unas risas durante todo el camino que quedaba.También hicimos una parada en el I-SITE de Te Anau para reservar el albergue de esa noche, un albergue demasiado barato...

El famoso "chapao", la gasolina más barata de la Isla del Sur según el Arbi

Llegamos a Queenstown ya prácticamente a oscuras, pero era nuestra última noche en la Isla del Sur así que qué demonios, nos fuimos a zampar otras Fergburguers (Guada tuvo que declinar la hamburguesa para complacer al restaurante de su tío) y acabamos la noche echando unas cervezas en la orilla del lago, con las vistas nocturnas del pueblo, de película. En este momento nos pusimos nostálgicos viendo que ya se acababa todo, e hicimos un vídeo que quedará para siempre en la memoria de los tres aventureros.

martes, 4 de septiembre de 2012

Queenstown & Te Anau

Y bien, al dia siguiente volvimos a madrugar, no tan temprano pero si "tempranico", como diría yo. Ese dia nuestro punto de reunión era la sala común del bapacker donde nos alojábamos, ya que la anterior noche Guada y yo habiamos dormido en una habitación diferente a la de Ivan. Después de desayunar algo en el lugar, seguimos nuestra rutina: i-site y allí Dios proveerá.

El bonito pueblo de Queenstown


Esta vez la idea era concretar que íbamos a hacer con Milfiord Sound, ya que para llegar a tal paraje sobrenatural, antes hay que conducir alrededor de 4 horas y media. Luego, lo veíamos bastante mal el ir y volver en solo un día. Por ello decidimos, antes de reservar el crucero, saber si habría cama a mitad de camino, osease, en el pequeño pueblo de Te Anau. Tivimos suerte (había hueco) y  reservamos el crucero por Milfiord Sound. Como no, con la Jucy, ya que al tener alquilados con ellos un coche, nos hacían 2x1 en las entradas al crucero. Así fue, que solo tuvimos que pagar 50 NZD (32€) para poder ver tal majestuoso lugar, pero eso ya lo contara mañana mejor otro superviviente.
Vistas preciosas...


Una vez decidido el planing diario, ponemos en marcha la primera parte del mismo: dar un rodeo por el camino que rodea las aguas de una de las muchas ramas del lago que preside Queenstown.

Foto bonica de los gañancetes
Dos gañacetes en el recorrido
Mas tarde, nos pusimos las botas de montaña y nos lanzamos a hacer un trekking que nos llevaba a lo alto de la montaña hasta la que sube la góndola y la cual nos sorprendería desde el principio.

La bonita arboleda nos rodeaba
Una de los bonitos picos que pudimos de comtemplar
Digo esto, porque no era el mejor día para Iván para ponerse a hacer caminatas, ya que el pobre no había tenido su mejor noche (en una habitación rodeado de extranjeros parloteando) y además un virus se le había agarrado a la garganta, haciendo de esta una sierra puntiaguda. Total que a mitad de camino y como era de esperar, el pobre Iván se resintió mas de lo que el mismo esperaba y tuvimos que hacer un alto en el camino, donde los buenos panchitos y un par de tragos de agua, consiguieron frenar, al menos temporalmente, los sudores fríos y poder proseguir con la marcha.

La senda la verdad esque era empinadilla
Como todo lo que hacemos aquí, el esfuerzo tuvo su recompensa. Las vistas desde lo alto de la montaña eran envidiables y poco tardamos en volver a sacar la cámara para tomar fotos y vídeos desde allí.
Vistas al lado del teleférico

Altitud a la que estabamos

Informacion que podiamos observar del paraje (Si, habia una atraccion de coches xD)

Una vez acabamos de devorar el paisaje, nuestro plan era hacernos los suecos en la góndola (que es como llaman aquí al teleférico) y bajar sin pagar.Sin embargo, nuestra cara de corderitos degollados nos delato ante una “japo” que era la responsable de vender los tickets. Así que finalmente, pagamos como españoles honrados que somos y pudimos disfrutar de las vistas que se aprecian desde la góndola además de un par de saltos de bungee jumping.
Distancias desde nuestra posicion

Guada rodeado de aquel paraje

Al rico teleferico

Una vez en tierra firme, no se acababan las buenas noticias, ya que nos disponíamos a comer en una hamburguesería, de la que solo habíamos oído cosas buenas. Así que con estas preposiciones llegamos y la verdad, es que se mejoraron. Media libra de carne, envuelta en un pan gigante, acompañada de multitud de ingredientes a cada cual mas sabroso que hacia que la boca se te hiciera agua solo con verla. Vamos una hamburguesa de verdad, de las que no deja indiferente a nadie.

Al lado del bicho!

Yo no me lo creia!!

Pero lo mas gracioso de la situación, era que nuestra botella de agua estaba vacía y no teníamos de donde beber. Así que imaginarnos a los 3 como auténticos gañanes comiendo con ansia viva las deliciosas hamburguesas, como pollos al pienso. Una autentica, pero deliciosa locura.

The best hamburger of the world!
Finalmente, con el estomago mas que lleno y con ganas de echarnos una siestecilla, pusimos rumbo a Te Anau. La siestecilla Guada se la hecho como un general, e Iván cerro los ojos un intervalo, pero el “driver” jamás vacilo y llevo a los 3 superviviente sanos y asalvo hasta su destino.

La carretera era preciosa y el buen tiempo acompañaba lo que hizo de la misma una conducción más que agradable, permitiéndome parar más de una vez para tomar un par de instantáneas del paisaje.

Uno de los muchos pasos elevados


Cuando quisimos llegar a Te Anau, y después de hacer el check-in en el bapacker, nos dimos cuenta de lo pequeño que era el pueblo y del cansancio que teníamos acumulado. Así que la tarde acabo allí, metidos en el albergue: uno leyendo, el otro con el móvil y servidor filtrando fotos. Aunque también saque tiempo para aprender a poner las cadenas (gracias a la ayuda de una buena mujer del bapacker que me vio en el apuro y me hecho una mano), ya que el día siguiente, parecía que iba a ser imprescindible el uso de las mismas en la carretera a Milfiord Sound.

Pero el día, no había acabado allí, y cuando pensábamos que íbamos a pasar los tres solos la noche en la habitación de cuatro, fue cuando llego el último acontecimiento del día. Teníamos compañero: un keniata, muy aficionado al futbol con el cual Iván tuvo una buena conversación a tratarse de la temática que mas le gusta, en la que yo pude colar un par de frases acerca de la majestuosidad del mejor equipo Europa, osease el Atletico de Madrid, recién vencedor de la Supercopa de Europa y por tanto, campeón del viejo continente.
Supercampeones de Europa :)

Así que cuando nos quisimos dar cuenta, los brazos de Morfeo ya nos estaban rodeando y nos adentramos en nuestros sueños concentrados en lo que íbamos a ver al día siguiente: Milfiord Sound.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Rumbo a Queenstown

Madrugamos un día más. Nos levantamos muy pronto, ya que nuestro objetivo inmediato es llegar a un pueblo pesquero a una hora de Haast para ver si tenemos la suerte de avistar focas y pingüinos (dada la racha que llevábamos, nos sentíamos capaces). Así que nos metemos al coche con nuestra ropa bien sequita y vamos a la aventura. Una vez en Jackson Bay, nos dedicamos a localizar la parte donde encontrar a estos animales, así que tras unas duras indagaciones preguntando a los paisanos (imaginaos un inglés de pueblo cerrado, pues Jackson Bay cuenta con apenas 4 casas edificadas) llegamos a un camino que en 20 minutos nos dejaría en la playa de las focas. O, al menos, así la llamaríamos si realmente hubiera focas. Una hora de retroceder en nuestra ruta para ver una bonita playa de piedras enormes, bajo un cielo amenazante de lluvias.

Instantes antes de esperar encontrarnos leones marinos
Nada por aquí...
... y nada por allá.
Y, para rizar el rizo, por si no fuera poco lo calado que llegamos el día anterior al coche, esta vez tuvimos los 20 minutos de vuelta con aguas incesantes. Pero ya ni nos inmutábamos, nuestros cuerpos se dirigieron automáticamente al coche sin mediar palabra, se quitaron la ropa hasta quedarnos en calzoncillos, pusieron la calefacción y guardaron la ropa mojada en la parte izquierda del maletero. Somos todo unos expertos en el procedimiento post-calado a estas alturas. Afortunadamente nuestro madrugón hizo que pudiéramos seguir con lo planeado, así que sin más dilación (aunque con un pequeño susto, ya que la cámara funcionó mal durante unos instantes) nos adentramos en el desfiladero de Haast rumbo a Wanaka. Y menudo desfiladero.





Esta foto fue porque nos dieron envidia unos japos que estaban haciéndosela.
Viajar entre esas montañas tan salvajes, esos ríos tan anchos, esos picos nevados y esos arcoíris que se nos iban formando (la lluvia no sólo trae calados monumentales, también recompensa con unos bonitos arcoíris) hizo que tuviéramos un viaje mágico hasta llegar a Wanaka. Y así, la expedición fallida de las focas pasó a convertirse en una anécdota más.

Esto sí que es un lago en condiciones, y no el de Taupo...
Perro volador. Sin comentarios.
Y hacia la hora de comer, alcanzamos Wanaka. No es un pueblo muy grande, pero sus montañas nevadas reflejándose en el lago son completamente de película. Hacemos lo que se ha convertido en nuestro ritual viajero: visitamos el i-site, preguntamos por trackings para alcanzar la cima de algún monte que nos de buenas vistas y reservamos un Backpackers donde pasar la noche. Así, un par de horas más tarde nos encontramos en la cima del monte Iron, tomando fotos como descosidos y disfrutando de la paz y de la tranquilidad de aquella zona.

Wanaka desde la falda del Mt. Iron.

Coronando la cima.
Como se nos acercaba la noche y estas carreteras conviene conducirlas con luz, nos ponemos rumbo a Queenstown. He de confesar que en ese trayecto caí dormido y, cuando desperté, estábamos atravesando una nube. Muy curiosa la sensación.



Llegamos por fin a Queenstown, nuestro lugar de destino aunque en ese momento fuera de paso, y menuda impresión nos llevamos de la ciudad. Miles de casas sobre la ladera de varias montañas que bordean un lago inmenso. Además, llegamos de noche y se apreciaban todas las lucecitas encendidas, creando un ambiente de cuento. No sé que tiene esta ciudad pero me encanta, aunque esa noche lo único que pudimos hacer fue ir a cenar (sí, a estas alturas sabréis donde) y tomar posesión de nuestras respectivas camas para reponer fuerzas antes de proseguir nuestra aventura.