Un viaje de estudios y no estudios por las antípodas protagonizado por 4 españoles: una catalana, dos madrileños y un castellano-manchego.
Diversión asegurada.
Y bien, al dia siguiente volvimos a madrugar, no tan temprano pero si "tempranico", como diría yo. Ese dia nuestro punto de reunión era la sala común del bapacker donde nos alojábamos, ya que la anterior noche Guada y yo habiamos dormido en una habitación diferente a la de Ivan. Después de desayunar algo en el lugar, seguimos nuestra rutina: i-site y allí Dios proveerá.
El bonito pueblo de Queenstown
Esta vez la idea era concretar que íbamos a hacer con Milfiord Sound, ya que para llegar a tal paraje sobrenatural, antes hay que conducir alrededor de 4 horas y media. Luego, lo veíamos bastante mal el ir y volver en solo un día. Por ello decidimos, antes de reservar el crucero, saber si habría cama a mitad de camino, osease, en el pequeño pueblo de Te Anau. Tivimos suerte (había hueco) y reservamos el crucero por Milfiord Sound. Como no, con la Jucy, ya que al tener alquilados con ellos un coche, nos hacían 2x1 en las entradas al crucero. Así fue, que solo tuvimos que pagar 50 NZD (32€) para poder ver tal majestuoso lugar, pero eso ya lo contara mañana mejor otro superviviente.
Vistas preciosas...
Una vez decidido el planing diario, ponemos en marcha la primera parte del mismo: dar un rodeo por el camino que rodea las aguas de una de las muchas ramas del lago que preside Queenstown.
Foto bonica de los gañancetes
Dos gañacetes en el recorrido
Mas tarde, nos pusimos las botas de montaña y nos lanzamos a hacer un trekking que nos llevaba a lo alto de la montaña hasta la que sube la góndola y la cual nos sorprendería desde el principio.
La bonita arboleda nos rodeaba
Una de los bonitos picos que pudimos de comtemplar
Digo esto, porque no era el mejor día para Iván para ponerse a hacer caminatas, ya que el pobre no había tenido su mejor noche (en una habitación rodeado de extranjeros parloteando) y además un virus se le había agarrado a la garganta, haciendo de esta una sierra puntiaguda. Total que a mitad de camino y como era de esperar, el pobre Iván se resintió mas de lo que el mismo esperaba y tuvimos que hacer un alto en el camino, donde los buenos panchitos y un par de tragos de agua, consiguieron frenar, al menos temporalmente, los sudores fríos y poder proseguir con la marcha.
La senda la verdad esque era empinadilla
Como todo lo que hacemos aquí, el esfuerzo tuvo su recompensa. Las vistas desde lo alto de la montaña eran envidiables y poco tardamos en volver a sacar la cámara para tomar fotos y vídeos desde allí.
Vistas al lado del teleférico
Altitud a la que estabamos
Informacion que podiamos observar del paraje (Si, habia una atraccion de coches xD)
Una vez acabamos de devorar el paisaje, nuestro plan era hacernos los suecos en la góndola (que es como llaman aquí al teleférico) y bajar sin pagar.Sin embargo, nuestra cara de corderitos degollados nos delato ante una “japo” que era la responsable de vender los tickets. Así que finalmente, pagamos como españoles honrados que somos y pudimos disfrutar de las vistas que se aprecian desde la góndola además de un par de saltos de bungee jumping.
Distancias desde nuestra posicion
Guada rodeado de aquel paraje
Al rico teleferico
Una vez en tierra firme, no se acababan las buenas noticias, ya que nos disponíamos a comer en una hamburguesería, de la que solo habíamos oído cosas buenas. Así que con estas preposiciones llegamos y la verdad, es que se mejoraron. Media libra de carne, envuelta en un pan gigante, acompañada de multitud de ingredientes a cada cual mas sabroso que hacia que la boca se te hiciera agua solo con verla. Vamos una hamburguesa de verdad, de las que no deja indiferente a nadie.
Al lado del bicho!
Yo no me lo creia!!
Pero lo mas gracioso de la situación, era que nuestra botella de agua estaba vacía y no teníamos de donde beber. Así que imaginarnos a los 3 como auténticos gañanes comiendo con ansia viva las deliciosas hamburguesas, como pollos al pienso. Una autentica, pero deliciosa locura.
The best hamburger of the world!
Finalmente, con el estomago mas que lleno y con ganas de echarnos una siestecilla, pusimos rumbo a Te Anau. La siestecilla Guada se la hecho como un general, e Iván cerro los ojos un intervalo, pero el “driver” jamás vacilo y llevo a los 3 superviviente sanos y asalvo hasta su destino.
La carretera era preciosa y el buen tiempo acompañaba lo que hizo de la misma una conducción más que agradable, permitiéndome parar más de una vez para tomar un par de instantáneas del paisaje.
Uno de los muchos pasos elevados
Cuando quisimos llegar a Te Anau, y después de hacer el check-in en el bapacker, nos dimos cuenta de lo pequeño que era el pueblo y del cansancio que teníamos acumulado. Así que la tarde acabo allí, metidos en el albergue: uno leyendo, el otro con el móvil y servidor filtrando fotos. Aunque también saque tiempo para aprender a poner las cadenas (gracias a la ayuda de una buena mujer del bapacker que me vio en el apuro y me hecho una mano), ya que el día siguiente, parecía que iba a ser imprescindible el uso de las mismas en la carretera a Milfiord Sound.
Pero el día, no había acabado allí, y cuando pensábamos que íbamos a pasar los tres solos la noche en la habitación de cuatro, fue cuando llego el último acontecimiento del día. Teníamos compañero: un keniata, muy aficionado al futbol con el cual Iván tuvo una buena conversación a tratarse de la temática que mas le gusta, en la que yo pude colar un par de frases acerca de la majestuosidad del mejor equipo Europa, osease el Atletico de Madrid, recién vencedor de la Supercopa de Europa y por tanto, campeón del viejo continente.
Supercampeones de Europa :)
Así que cuando nos quisimos dar cuenta, los brazos de Morfeo ya nos estaban rodeando y nos adentramos en nuestros sueños concentrados en lo que íbamos a ver al día siguiente: Milfiord Sound.
Madrugamos un día más. Nos levantamos muy pronto, ya que nuestro objetivo inmediato es llegar a un pueblo pesquero a una hora de Haast para ver si tenemos la suerte de avistar focas y pingüinos (dada la racha que llevábamos, nos sentíamos capaces). Así que nos metemos al coche con nuestra ropa bien sequita y vamos a la aventura. Una vez en Jackson Bay, nos dedicamos a localizar la parte donde encontrar a estos animales, así que tras unas duras indagaciones preguntando a los paisanos (imaginaos un inglés de pueblo cerrado, pues Jackson Bay cuenta con apenas 4 casas edificadas) llegamos a un camino que en 20 minutos nos dejaría en la playa de las focas. O, al menos, así la llamaríamos si realmente hubiera focas. Una hora de retroceder en nuestra ruta para ver una bonita playa de piedras enormes, bajo un cielo amenazante de lluvias.
Instantes antes de esperar encontrarnos leones marinos
Nada por aquí...
... y nada por allá.
Y, para rizar el rizo, por si no fuera poco lo calado que llegamos el día anterior al coche, esta vez tuvimos los 20 minutos de vuelta con aguas incesantes. Pero ya ni nos inmutábamos, nuestros cuerpos se dirigieron automáticamente al coche sin mediar palabra, se quitaron la ropa hasta quedarnos en calzoncillos, pusieron la calefacción y guardaron la ropa mojada en la parte izquierda del maletero. Somos todo unos expertos en el procedimiento post-calado a estas alturas. Afortunadamente nuestro madrugón hizo que pudiéramos seguir con lo planeado, así que sin más dilación (aunque con un pequeño susto, ya que la cámara funcionó mal durante unos instantes) nos adentramos en el desfiladero de Haast rumbo a Wanaka. Y menudo desfiladero.
Esta foto fue porque nos dieron envidia unos japos que estaban haciéndosela.
Viajar entre esas montañas tan salvajes, esos ríos tan anchos, esos picos nevados y esos arcoíris que se nos iban formando (la lluvia no sólo trae calados monumentales, también recompensa con unos bonitos arcoíris) hizo que tuviéramos un viaje mágico hasta llegar a Wanaka. Y así, la expedición fallida de las focas pasó a convertirse en una anécdota más.
Esto sí que es un lago en condiciones, y no el de Taupo...
Perro volador. Sin comentarios.
Y hacia la hora de comer, alcanzamos Wanaka. No es un pueblo muy grande, pero sus montañas nevadas reflejándose en el lago son completamente de película. Hacemos lo que se ha convertido en nuestro ritual viajero: visitamos el i-site, preguntamos por trackings para alcanzar la cima de algún monte que nos de buenas vistas y reservamos un Backpackers donde pasar la noche. Así, un par de horas más tarde nos encontramos en la cima del monte Iron, tomando fotos como descosidos y disfrutando de la paz y de la tranquilidad de aquella zona.
Wanaka desde la falda del Mt. Iron.
Coronando la cima.
Como se nos acercaba la noche y estas carreteras conviene conducirlas con luz, nos ponemos rumbo a Queenstown. He de confesar que en ese trayecto caí dormido y, cuando desperté, estábamos atravesando una nube. Muy curiosa la sensación.
Llegamos por fin a Queenstown, nuestro lugar de destino aunque en ese momento fuera de paso, y menuda impresión nos llevamos de la ciudad. Miles de casas sobre la ladera de varias montañas que bordean un lago inmenso. Además, llegamos de noche y se apreciaban todas las lucecitas encendidas, creando un ambiente de cuento. No sé que tiene esta ciudad pero me encanta, aunque esa noche lo único que pudimos hacer fue ir a cenar (sí, a estas alturas sabréis donde) y tomar posesión de nuestras respectivas camas para reponer fuerzas antes de proseguir nuestra aventura.
Este día teníamos desayuno incluido en el albergue de
Greymouth, era algo escaso pero tenía leche de vaca de la de verdad, esa del pueblo de la que suele hablar tu abuela. Está muy fuerte, pero tiene mucho sabor. Una vez
llenamos el gaznate, pusimos rumbo a las Pancake Rocks, donde vimos estas
piedras tan características (parecen gofres amontonados) y sus famosos
blowholes, que se producen cuando el agua choca con los agujeros y el agua sale
disparada. La fuerza del agua era tal que la boca te sabía a sal por
todas las gotas del mar que nos salpicaban.
Pancake Rocks con la mar en calma
El mismo sitio tras el impacto de una ola contra las rocas
La nota curiosa de este sitio llegó
guardando las cosas en el maletero para irnos, cuando el Arbi divisa pegado a
sus tobillos una especie de kiwi raro con patas y pico rojo, que estaba
hambriento pues le tiramos un poco de pan y se lo llevó corriendo. Aquí las
fotos del momento:
Y después de esta sorpresa inesperada tiramos hacia los
glaciares, que quedaban bastante lejos, a más de tres horas pasando por unas
vistas impresionantes ya que la carretera está pegada a la costa, y el
contraste mar-montaña es brutal en algunos puntos. No obstante, el clima no
acompañaba, lluvia constante durante todo el viaje y una niebla espesa que nos
hacía temer lo peor.
El mar estaba muy bravo, y el día se iba cerrando por momentos
Con este panorama llegamos a Franz Josef Glacier, sin
saber muy bien como gestionar el día, finalmente reservamos albergue en Haast
para empezar el día siguiente más cerca de Queenstown. Esta decisión dejaba una cosa clara: teníamos solamente
una tarde para ver los glaciares. No había tiempo que perder, comenzamos la
caminata hacia el glaciar, y como somos tan machotes nos metimos en la más
larga, una hora ida y otra hora vuelta. A cambio de esa caminata, llegabas lo
más cerca que está permitido para contemplar el glaciar y todo el valle que lo
contuvo en su día pero que se fue derritiendo con el cambio climático y el
agujero de la capa de ozono (que está justo encima de Nueva Zelanda).
Valle con el glaciar escondido en la niebla
Como os dije anteriormente, hacía un día de perros, así que
en la mitad de la caminata ya estábamos completamente empapados. Para colmo, la
niebla hacía imposible observar todo el glaciar. Allí estábamos los tres
gañanes, calados hasta lo más profundo de nuestro ser puesto que ninguno tenemos la ropa adecuada,
con un frío terrible y con una hora de vuelta en esas condiciones. Echamos la
foto de rigor al glaciar como buenamente pudimos con el paraguas roto de Guada,
y a la vuelta ya ni saltábamos los riachuelos, los atravesábamos sin que la
situación de nuestros pies empeorase, empezábamos a sentir ese calor
desagradable que tu cuerpo produce cuando pasas mucho frío, y así llegamos al
coche, donde evaluamos los daños: carteras, móviles, pasaportes, cascos, la
cámara…todo calado, y por supuesto nosotros.
Glaciar Franz Josef visto desde el punto permitido más cercano
Así que arrancamos el coche con la calefacción a tope, nos
secamos como buenamente pudimos y nos pusimos los pijamas y las chanclas para
estar calentitos en nuestro camino a Haast. Y de esta guisa nos presentamos en
el albergue, pijama y chanclas con un frío de narices. El dueño del albergue,
al vernos en estas pésimas condiciones, nos dijo que nos calentáramos y
pusiéramos cómodos antes de hacer el check-in. ¿La ropa mojada?
Hicimos un depósito en la parte izquierda del maletero con todo lo mojado, y
después se lo dimos al dueño del albergue para que lo metiese en la secadora.
El señor, al ver tal cantidad de ropa empapada, exclamó un ¡Jesuschrist! que no se nos olvidará en la vida. Y menos mal que había secadora, que habría
sido de nosotros con toda la ropa de abrigo mojada al día siguiente… y hasta
aquí puedo leer, Guada os contará ese día con todo lujo de detalles. Solamente
me queda recalcar que aquel depósito húmedo de ropa dejó en el coche un olor a
humanidad que no se iba ni con colonia, no sabemos si en
la Jucy conseguirán quitarlo o si llevarán el coche al desguace directamente.
Bueno, pues este día, como me todos los que me viene tocando, pues también ha empezado pronto. Para ser exactos, a las 2 y 30 de madrugada. ¿La causa? Nuestro inminente viaje a la isla del sur, con primera parada en Chrischurch.
Después de coger el taxi del primo del Kud Rapali, y para no tener sorpresas, somos los primeros en llegar a la terminal domestica de Auckland. Y allí nada mas entrar vimos internet gratis… y a allí como locos!!!
Ahi teneis el internet!!
Una vez saciada el ansia de internet gratis, nos dirigimos a hacer el check-in y recoger nuestros billetes con destino la isla del sur. Después de pasar el control aeroportuario (ya, para nosotros, un mero trámite), de echarnos unas mini siestas en la sala de espera ya, al fin, a las 6 y pico de la mañana cogimos el vuelo. En el cual, nos echamos otra buena siesta todos y nos despertamos en pleno vuelo con estas maravillosas vistas de la isla del sur:
Vistas impresionantes las que nos ofrecio el avión
Una vez en tierra, aparte de sentirnos muy felices por la semana que nos quedaba, nuestra felicidad se vio aumentada al saber que mi equipo, el Atleti, estaba ganando por 3-0 al Chelsea, para coronarse poco después campeón de Europa. Hazañas futbolísticas aparte, toco hacer la búsqueda del coche, para el cual tuvimos que coger una furgoneta que nos llevo hasta la rental. Una vez en la Jucy, nos atendio un chaval muy majete que incluso nos enseño a usar las cadenas. ¿Que cual fue el coche? otro Hyunday Getz, pero esta vez verde botella!
Ya sobre ruedas nos dirigimos al centro de la ciudad el cual, hace poco, fue victima de un fuerte seísmo que destruyo varias zonas del mismo, por no hablar de las vidas y de los sueños de las personas que se llevaría por delante…
Uno de los muchos edificios que se estan reconstruyendo en la ciudad
La verdad es que nos pareció a todos una verdadera pena, porque el lugar parecía un poco triste (aunque el tiempo favorecía a ello) y las zonas que se habían conservado (o ya reconstruido) poseían una belleza arquitectónica digna de admirar, la cual conquisto a Guada.
Guada y uno de los edificios donde segun palabras suyas, no le importaria vivir
Sin duda Chrischurch tuvo que ser, y esperamos que pronto lo vuelva a ser, una ciudad preciosa.
Un colegio que encontramos en nuestro camino y que parecia Howarts
Una fuente preciosa que coronaba uno de los parques mas importante de la ciudad
Alli conocio Guada a un pato que no le hizo mucho caso...
Tras dar un rodeo por la ciudad y comprar la comida para sobrevivir en el Pack&Save, pusimos rumbo a la costa oeste, no sin antes a travesar lo que es conocido aquí como los Alpes neozelandeses, una cordillera grandísima y preciosa digna de admirar.
Alpes neozelandeses
Mas Alpes!!!
Tras las vistas increíbles y unas cuentas curvas de alucine, paramos en Springfield, donde nos dio tiempo a hacernos unas cuantas fotos en una rosquilla gigante.
Ahi tenemos a Iván mas feliz que un niño con zapatos nuevos
Ademas también tuvimos tiempo para dar buena cuenta de un gran café, en una cafetería cercana a susodicha rosquilla.
Al rico café!
Una vez recargadas las pilas, Castle Hill nos quedaba a tiro de piedra, y en poco tiempo llegamos.
Ahí tenemos a dos de los gañanes-supervivientes
La zona es característica por su aglomeración de pedrolos, cada uno mas grande que el anterior, y que a mi parecer, me ha recordado bastante a la escena del primera película del Señor de los Anillos, en la que justo después de salir de las minas de Moria, los protagonistas se ven obligados a ocultarse entre el rocaje vivo para que los espias de Saruman no les encuentren. En fin, el sitio, precioso, y las cuestas que nos hemos metido para verlas empinadas :)
Pedrolos por doquier
También hubo tiempo para hacer el canelo, y recordar a nuestro amigo: Ese hombre locooooooo!!!
Iván invocando el super-poder de la ardilla canadiense
Tanta fuerza hizo que se estrellase contra un pedrolo
Una charca en medio de los pedrolos
Servidor, en lo alto de un pedrolo :)
Guada compemplando las preciosas vistas
Una vez dada por terminada nuestra pequeña vuelta por otro trocito de la tierra media, seguimos la carretera por la que habíamos venido en donde a parte de encontrar mucha agua y curvas hemos sido vencidos por la bondad de un Dios maorí. La gratitud del mismo, ha querido que las condiciones que se daban en ese momento, fueran propicias para avistar, a pocos metros de la calzada, un kiwi-bird. Tras mi repentina ingenuidad, no he podido evitar frenar a pocos metros, cambiar de sentido y aparcar en el arcén contrario, al que se encontraba nuestro regalo.
Ahí le teneis
Allí estaba, todo un kiwi-bird pequeño, marrón, con pico, encorvado, y a 5 metros!!!
Mialo que bonico como zampa
Tras realizar las oportunas fotografías y alucinar con el pequeño kiwi-bird el paso de coches no continuado pero si frecuente de coches provoco que nuestro amigo se asustara y se fuera.
Nosotros, nos damos por satisfechos y proseguimos nuestro camino, con la energías renovadas tras tal grata sorpresa.
Kiwi-bird por aqui, kiwi-bird por alla
Sin embargo, estábamos equivocados. Nuestra bendición no acababa allí. A otros dos kilómetros y como si de una broma se tratara, nos volvemos a encontrar con otro kiwi-bird!! ¿La reacción? La misma. Media vuelta y a por el bicho!! Pero esta vez, decidimos hacer video y todo, en donde se puede apreciar los graciosos gestos de esta ave. Tras pasar varios minutos cerca de la compañía del kiwi, decidimos marcharnos y dejarle seguir con su almuerzo.
En busqueda del bicho!
En plena acción!
Pero no contentos con eso nos encontramos de camino a otros 3 kiwi-birds en la misma situación. Pero, el tiempo, o mejor dicho, la luz solar apremiaban y era hora de alcanzar Greymouth, la mayor población de la costa oeste de la isla del sur, donde estábamos dispuestos a pasar la noche.
Finalmente, tras encontrar el backpacker (donde una señora muy maja nos atendio) y mas tarde ir a cenar a un sitio de cuyo nombre no me quiero acordar (no se si lo adivinareis), aquí me hallo, con mas sueño que unas cestica de gaticos al lado de la estufa pero actualizando el blog, como Dios manda J