viernes, 24 de agosto de 2012

Autoconvencimiento

Madrugamos un día más para seguir la rutina, pero esta vez de forma parcial: teníamos planeada una tarde no sabíamos muy bien adónde. Las clases, tediosas como de costumbre. Por suerte, la japo centenaria las alegra con sus historietas (ese día tocó el relato de su primer amor, allá por el siglo XIX, quizás algún día recopilemos todas sus historietas, que merecen basante la pena). A lo largo de la mañana nos debatíamos cuál sería el plan de la tarde: ¿Hobbiton, o las recién descubiertas playas de Piha y Karekare? Pues la decisión fue variando poco a poco: en primer lugar, yo quería ir a Hobbiton, Iván no estaba seguro y Arbi no quería. Más tarde, yo no quería, pero Iván y Arbi sí. Al final, nos autoconvencimos los tres de ir, pero lo pasaríamos al día siguiente tras pasar una noche cerca de la zona y así aprovechar esta tarde para ver las playas. Así fue como salíamos hacia las 3 de la tarde rumbo a Piha. Y menudo acierto.


Lo que más nos asombró fue el enorme peñón que hay en medio de la cala. No habíamos visto cosa igual, y nada más vislumbrarlo quisimos subir a la cima. Y no tardamos en poner el plan en marcha. Lástima que el acceso a la cima estaba cerrado por peligro de desprendimientos, pero aun así pudimos disfrutar de unas vistas magníficas. Como anécdota, me entraron ganas de miccionar (hablemos con propiedad) en aquel momento y, como buenos españoles que somos, culo veo culo quiero, así que los tres hicimos nuestras necesidades ahí arriba. Más tarde nos enteramos que era una zona sagrada para los maorís (ya decíamos que eran sospechosas las figuras que había por la zona).




Y se acercaba el atardecer, lo que implicaba que nos quedábamos sin tiempo para ver la playa de Karekare, cosa que no nos queríamos perder por ser la playa donde se rodaron escenas de la película ‘El piano’ (nos la hemos apuntado para ver). Así pues, iniciamos nuestra carrera contrarreloj por las tortuosas carreteras de la zona. Cuando llegamos al punto señalado por el GPS, vemos que nos ha dirigido a un riachuelo, así que decidimos pasar de largo y buscar la costa. Menos mal que al rato de no encontrar la costa nos dio por leer la guía que llevamos (Lonely Planet, amablemente prestada por Izaskun) y vimos que había que seguir el riachuelo para llegar al mar. Lo bueno de nuestro error fue que vimos una catarata increíble por la zona.


Y, de vuelta al riachuelo, nos entró el pánico: el sol estaba demasiado bajo ya. Nos pusimos las chanclas precipitadamente y salimos disparados riachuelo abajo, a ratos corriendo y después andado. Veíamos cómo el sol se nos escapaba, pero ese momento nos dejó escenas como esta:


Y al final, aunque no vimos el atardecer en su plenitud, conseguimos ver ponerse los últimos rayos de sol, de una manera que nunca habíamos visto. Personalmente, creo que ese será uno de los momentos que se me quedará grabado a fuego para el resto de mi vida. Os dejo unas pocas fotos para que os hagáis una idea.




Pues bien, tal fue nuestro embobamento con el lugar que no nos dimos cuenta de que estaba anocheciendo, y no había iluminación en el camino de vuelta al coche. Tengo que nombrar a un simpático surfero, que tras acabar su jornada y ver que nosotros no nos íbamos de la playa, empezó a gritarnos para que nos fuéramos rápido de allí. Si no hubiera sido por él, puede que todavía estuviéramos tratando de llegar al coche.


Y tras estas dos maravillas, era hora de poner rumbo a algún pueblo cercano a Hobbiton. El problema: era demasiado tarde (en torno a las 7), las recepciones de los albergues solían cerrar a las 8 y teníamos más de una hora de trayecto. La primera idea que tuvimos fue la de dormir en el coche – al fin y al cabo, hemos venido a sobrevivir - . Sin embargo, empezó nuestra segunda ración de autoconvencimiento del día: pasamos de ver una pérdida de tiempo el pasar la noche en Auckland a pensar que era la mejor idea que habíamos tenido nunca en cuestión de segundos. Y así fue como pusimos rumbo a casa de nuevo (estábamos a 40 minutos) para dar un buen madrugón al día siguiente.

Pero el día no había acabado, y aprovechando que teníamos coche a Iván se le ocurrió la genial idea de subir al monte Edén con el mismo. Así fue como conseguimos estas panorámicas nocturnas de la ciudad.



Y ya sólo nos quedaba aparcar el coche. No hay un metro cuadrado en esta ciudad sin parquímetro, y dado a que teníamos miedo del tío de la grúa (aunque hemos tenido bastante cachondeo con él esta semana), decidimos meterlo en el parking de nuestro apartamento. Y así cerrábamos una tarde del todo inesperada y para nada acorde con nuestros planes iniciales, pero que ha conseguido ser una de las imborrables en mi vida.

P.D.: Conseguí que volviéramos a comer en el KFC :)

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